viernes, 9 de septiembre de 2011

Flor del Mal



Pedro Rosa Balda


Quienes busquen en este poemario cuyo título sadiano recuerda a “Julieta o los infortunios de la virtud” del “Divino Marqués”, la belleza aséptica, bondadosa y puritana y por consiguiente fea, no la encontrarán. Esta “flor del mal” es de otro pénsil, de un pénsil crepuscular en el cual las espinas son más bellas que las rosas. Su “belleza” es “convulsiva”, de las que cada mañana ante el espejo, se arrancan los ojos y se amputan la lengua con un escalpelo. En todo caso, el propósito de la autora (y el del arte en general) no es la belleza sino la expresión de algo, quizá inefable pero que exige autenticidad (de la palabra) fidelidad (para con la palabra). El artista no sabe, pero sus intuiciones son lo más cercano a la verdad que conozcamos. En poesía, autenticidad equivale a verdad, verdad con uve minúscula por supuesto, ya que la “Verdad” con uve mayúscula no existe y lo que hay son verdades relativas o mentiras más o menos verdaderas.

El artista avanza a tientas, pero a diferencia (y la diferencia es de talla) de lo que ocurre con los actores que se desenvuelven en las demás actividades humanas, está consciente de ello, es “humilde”; “con certidumbres no hay estilo” afirma Cioran.

Por, otra parte, lo bueno no es necesariamente lo bello, ni lo bello, lo bueno o lo justo. El arte no tiene nada que ver con ninguno de ellos; la literatura y su punta de lanza, la poesía, no ha sido nunca cuestión de buenos sentimientos. “se acabó la botella de las buenas intensiones” escribe Yuliana.
El arte no es tampoco, nunca ha sido, producto de una inspiración divina, la prueba de la existencia irrefutable de dios, sino todo lo contrario, la de su ausencia. Dios y el arte son antinómicos, con dios el arte sería imposible. El mundo permanecería inmóvil, perfecto. El artista en cambio, constata la incompletud, los fallos de la supuesta creación y siente a su vez, necesidad de crear, no para corregirla sino para conjurar sus imperfecciones de la única manera que puede y sabe hacerlo. De ahí su carácter “demoníaco”, “…si escribió con trabas sobre dios y los ángeles y con libertad absoluta sobre Satán es porque fue un verdadero poeta y aunque no se diese cuenta, partidario del diablo”, escribió William Blake a propósito de Milton y su “Paraíso Perdido”. Entre la sombra y el credo, Yuliana elige la sombra, por algo escribe, como todos los verdaderos poetas , “con la pluma del demonio”… “las bellas letras de los perdidos”.

Al poeta le corresponde pues, poner la pluma en la llaga, remover con ella la herida, a defecto de poder “gritar”: el arte es sucedáneo de un grito, la poesía es “la ausencia de voz para gritar” (Antonin Artaud), no para lamentarse y añorar el paraíso perdido sino para constatar la ausencia definitiva de paraíso; y a pesar de esa desolación y con ella como carnada (la desolación, la tristeza son la materia del arte) capturar resonancias de eternidad, pero no una eternidad grandilocuente, generalmente cursi, sino una eternidad “humilde”, asequible a los seres finitos que somos: la eternidad del momento.

Su condición de poeta le confiere una extrema lucidez que lo hace mantener siempre abiertos los ojos, es ésta su fuerza y a la vez su fragilidad. Debe (sobre)vivir en un mundo “de vivos que parecen muertos”, que se satisfacen con baratijas espirituales (verbigracia, las religiones) y baratijas materiales (verbigracia, el consumismo, la compraventa el intercambio de bambalinas). que “…creen en la evidencia de lo indestructible, en la solidez del universo. No ven que tenemos un brazo en el agua y el otro en el fuego, la cabeza en el ser y el cuerpo en el no-ser, el alma en el día y el espíritu en la noche. El sentido común les basta y lo que no es sentido común es como un arabesco en la humareda » (carta del Luis Eduardo CIRLOT a André BRETON). “Créanme, todavía hay gente que vive de la Providencia. A mí me basta con un par de cuerpos un lunes por la tarde” manifiesta Yuliana, abundando en el sentido de la modernidad.


A la fragilidad de ser poeta, a la fragilidad de la palabra que “es un medio de expresión mancillado y violado por la inhumanidad política y la circulación de los mercados de masa” según George Steiner, se añade en el caso de Yuliana, la fragilidad de ser mujer. Todo poeta escribe con su vida, con su cuerpo que son su materia primigenia, pero al escribir se borra dando paso a la palabra sola que es la que habla, no por un hombre y aquí, por una mujer en particular; sino por todos los hombres, por todas las mujeres. En la palabra de Yuliana una feminidad fagocitada, ensuciada por prejuicios y moralismos de toda calaña se libera y en esto consiste su rebeldía, su originalidad (el verdadero arte es rebelde por antonomasia).
“La carne es triste” afirma Stephane Mallarmé y Yuliana le responde afirmativamente, desde otro siglo, en este “libro del mal amor” que es su poemario. Los tiempos han cambiado pero los hombres siguen siendo los mismos. Si los poetas son perdedores en un mundo de depredadores enfurecidos, la autora lo es doblemente, como poeta y como mujer.
Su canto, su (desen)canto, nos conmueve y desgarra porque nos envía la imagen de nuestro propio desencanto, de la fealdad de nuestro mundo, porque “nadie canta más puramente que aquéllos que están en lo más profundo del infierno: lo que tomamos por el canto de los ángeles es su propio canto” afirma Kafka el “homo litteratus” por excelencia.
“Las palabras son de piedra y el corazón de cristal” escribe Yuliana. Las suyas son piedras que al entrechocarse producen fuego pero a la vez, rompen el cristal.

Pedro Rosa Balda.

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