viernes, 21 de diciembre de 2012

Pedro Gil o el precio-sismo

Patricio Lovato leyendo su análisis.



Por Patricio Lovato

El poeta se hace
Manta es una ciudad con puerto natural, hecha para un despegue asombroso a partir de la actividad de la pesca, que multiplica otras a nivel de industrialización y servicios. Esta síntesis socio-económica de la ciudad, no lo es para la poesía, para donde se hizo el poeta.  

El mar configura a Manta, de ahí en adelante los habitantes la hacen con muertos, fantasmas y memoria en un ejercicio cotidiano. Quehaceres en las fábricas, seres en el cementerio. Ciudad adentro los barrios, las casas, las calles se aglomeran a las necesidades: los mismos ejercitantes a desiguales, los enemigos de lo propio, la enajenación y las llagas en paredes, cuerpos y almas. El poeta tiene su propia conclusión de los suyos: llevamos una “miseria de lujo”, dice.

Los cuchillos sobran en esas callejas, pero hay uno para rasgar esa realidad y asentar la de la poesía, que no llega como cree la credulidad, por arte de fondearse en una botella, o aspirar las disidencias de la ley. Hay encuentros tempranos con César Vallejo y sus padecimientos, con la fecunda obra de Octavio Paz, Baudelaire con la visión del mal impregnada en los excesos para su simbolismo, Nicanor Parra y su antipoesía, los españoles de la generación del 35 con Miguel Hernández y José María Panero, o la de los 50, especialmente a José Agustín Goytisolo, A la generación “Beat” y sus texturas de la conciencia. A los de la década del boom latinoamericano en la consolidación de nuestra literatura, en especial las desolaciones de Juan Rulfo. Talvez más los fondeaderos en la mente y el corazón de Dostoievski. En fin, a la estatura respetable de los nuestros: Hugo Mayo, Jorge Carrera Andrade, César Dávila Andrade, a todos ellos y  muchos más, Pedro Gil  los leyó, se conmovió, admiró, respetó, reconoció. Los estudió y lo formaron. Si eso no es estudiar, yo les pregunto, de dónde vienen los poetas que conocen.


Medardo Mora Solórzano, Blancanita Franco y Pedro Vincent (en la mesa).



Construcción de la obra
Ya llegó hecho cuando apareció por el Taller de Literatura que se dio en Manta, Miguel Donoso, que era el Coordinador,  le dijo “viejo Pedro” casi de una, debió haber echado una mirada a fondo a esos textos, que venían impresos en una máquina de escribir con la matriz de los tipos desgonzada. Pedro Gil, tenía entonces 17 años y ya aparentaba las 17 puñaladas que moldearon su presencia años después. En esas hojas desalineadas se revelaban lo que Hernán Rodríguez Castelo llamó “el hallazgo de un poeta” cuando se convirtieron en el primer poemario “Paren la guerra que yo no juego”  hay un audaz ejercicio de burla a la intelectualidad, la sencillez del decir con ironía, hasta con sarcasmo. La palabra afilada en el margen atestado de marginales, que evidenció, de hecho, una hoja de ruta hacia la tragedia personal que atraviesa la crueldad de la vida, la vida en esos huecos donde se refugian generaciones y de los que hay el compromiso de extraer arcoíris en imágenes para los lectores, para ellos construirá poemas sueltos que hacen unidad y consistencia entre lo autobiográfico, lo sociológico, lo sicológico, en un marco de ciudad universal donde se han de demarcar las tragedias solidarias del poeta y los suyos. Tan es así que estas son sus palabras:

“La tímida mirada de la lluvia, / la tímida mirada del alma / transmutó en una temible mirada que la llevo dentro / Invisible / invencible”.
Y otras: “el lenguaje tiene cuchillos y me corta”. 

Y otra: “…somos los llamados a entrar / al reino de los mártires / y los mártires son personas respetables”.

Escribe para cifrar con altura y profundidad los inventarios sociales no inventariados, salvándolos de los inventados en la superficie. Siguen ese trazo humano otros poemarios como: “Delirium Tremens”, “Con unas arrugas en la sangre”, se mueven con dos ejes: el primero es como hacer un recorrido con el poeta por sus “zonas” y ante su auditorio, donde habla mal de lo inauténtico, bien de las prostitutas, otra vez mal de las buenas costumbres, su descripción personal calza con la que incluso da de él la policía. El otro eje es volverse él un constructor de desastres personales, en sus sueños trabaja un noctámbulo que lleva procesiones al volver solo  a su casa, aunque ya no tenga casa. La sátira burlesca se mantiene como un instrumento de orfebrería recurrente, recoge los faltantes existenciales de su entorno y los proyecta con gran fuerza creadora.

 “El mundo es hermoso y vil” le escribe solidario a Edgar Allan Poe.





Mientras su poesía trasciende él desciende abismos y emerge en títulos como “sano juicio” o algunos poemarios anteriores “He llevado una vida feliz” y “los poetas duros no lloran” donde no tuerce su hoja de ruta:

“el infierno es el mismo / apenas han aumentado kilómetros de máquinas y tecnologías” así le escribe  a Baudelaire.
Uniéndose a la voz de César Dávila Andrade le cuenta: “el espacio me ha vencido / por favor / un faquir no necesita eternidad”.

Y a todos como un coro de promesa extrema: “por eso prometo que malvivientes /  drogos, criminales, hembras del ambiente / traficantes de esperanza / entrarán conmigo al paraíso / a la posteridad / porque estafan a la hipocresía / solo por eso”.

Eso, un oleaje impetuoso avanza en el perfil de su poesía, penetrante en mareas que se descargan sobre realidades inobservadas, despejándolas, despojándolas de sus interioridades, para una vez reconocidas y aprendidas, hacer un pedido de vida a su hijo:
 “soy libre como tú /con puñales firmé mi libertad / sé bueno con los buenos / sé mucho más bueno con los malos / pero aléjate, hijito, aléjate”.

Crónico
Ya este poemario es un certificado de madurez: es cuando menos  el cuadro del náufrago que pasó todos los horrores y en la isla desierta levantó su morada, cimentándola con los recuerdos del padre, las paredes con sus referidos: César Vallejo, Octavio Paz, Jean Genet, Graham Green, Nieto Cadena, Itúrburu, entre otros. Las ventanas para dejar mirar ancianas, locos, enfermeras y doctores. Eso sí, sin techo, cuándo se ha sabido que la imaginación y peor si va de la mano del talento, puedan tener un techo. Desde ahí precisamente se pueden filtrar imágenes cinematográficas que toman cuerpo poético. Hay que salvar ese cuerpo que se ha salvado del colapso final de la hoja de ruta, y que se inventó un espacio para no ser vencido. Todavía quedan rumores del mar:

“oxígeno venenoso el de las fábricas / mató a mi mar sin juicio ni prisión…la mar: esa belleza paridora de estremecimientos…permiso señores / la mar ha sufrido un ataque epiléptico”.
 

El público siempre atento a los eventos de Mar Abierto.


También pueden venir desde fuera: “una guerrera loca de cordura / loca de contento” o salir a la vida práctica para aleccionar una vez más a su hijo: “practica la vida hijo”, en un tránsito que hace cine, de película, y con epígrafe mientras dice su texto el actor Robert De Niro: “No hay cosa más triste que un talento desperdiciado” y comienzan a correr otras imágenes poéticas, el náufrago arremete contra la oficialidad de la fama:

“no me han invitado al Festival de la Lira / pero yo no tengo la culpa / de ser el niño bonito de la poesía / el mejor y más original poeta / de mi generación”

Es decir prevalece la mordacidad a pesar de los pinchazos, a pesar de los pesares. Y ya que llegamos al punto del humor, no le cuesta nada al poeta escribir:
“tanto cuesta una casa un trabajo / un cuervo: niño que te sacará la lengua / no los ojos”.

Hemos llegado al final, debemos tener un desenlace acorde con el hilo conductor, mejor dicho con la hoja de ruta, y otra vez el náufrago nos siembra la esperanza;
“si suicida fue mi esfuerzo por perderme / suicida es mi esfuerzo por encontrarme”.

Despojado de sus filosos designios poéticos queda el hombre “tímido universo”. Pedro el viejo precoz, acurrucado como hombre de bien ante el “ogro del espanto” de la otra realidad.  
Hacer poesía es un precio que le ha costado sismos personales y permanentes desde que la ejerce, Pedro Gil, tan auténticamente puede decir como Simón Rodríguez el maestro de Bolívar dijo: “yo quise hacer de la tierra un paraíso para todos. La hice un infierno para mí”.

(Texto leído el jueves 13 de diciembre a propósito de la presentación del libro Crónico, en el auditorio del Vicerrectorado Académico de la Uleam, Manta)
    

Kenia Gil, en representación de su padre: Pedro Gil.

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