lunes, 24 de septiembre de 2012

Editorial Mar Abierto dona libros a Unidad Educativa María Montessori


Como parte del proyecto de promoción y difusión de libros editados y publicados por la Editorial Mar Abierto de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí, los alumnos de la Unidad Educativa María Montessori, de Manta, recibieron varios libros donados por este departamento editorial.

Renato Mogrovejo, inspector general de la U.E. María Montessori, recibió de la Editorial Mar Abierto la donación de libros para la biblioteca de este plantel.
La entrega-recepción de libros se cumplió la tarde del lunes 17 de septiembre del 2012.
En representación de la rectora del plantel, Antonieta Philco, los libros fueron recibidos por el Lic. Renato Mogrovejo, inspector general del establecimiento educativo.

Los libros donados por la Editorial Mar Abierto pasarán a formar parte de la biblioteca de la institución. Varias obras donadas fueron: Fracciones de nuestra historia (historias de Manta, Manabí, Latinoamérica y el mundo),  Antología poética de Horacio Hidrovo, Solos (poesía), Pasado porvenir, No pido el paraíso, Hallado en la grieta (narrativa), Cyberalfaro 22, Cyberalfaro 23 (textos académicos diversos), La educación única vía hacia la igualdad I y II tomo, Vistazos al Manabí profundo y Un ensayo de Patria (tratados de sociología y política).




 

Fragmento del libro El encanto del adiós



Claro que la mentira es un riesgo humano permanente,
no tanto para el que la dice sino para el que la oye.

Henry Black, 1969.

Hay una escena marítima en Henry Black donde la cercanía de la lluvia y el viento presagian una tormenta. “La amenaza se cierne sobre nosotros”, anuncia el narrador sin nombre de una de las narraciones más simbólicas y herméticas de Miguel Donoso Pareja. Como el narrador de Henry Black, Donoso sabe muy bien que “la muerte y el amor son los puntos más altos del exterminio”. La primera comenzó a rondarlo desde temprano, en 1963, cuando se disponía a empezar una gira con títeres en Quito, una de sus actividades, que quedó trunca con el golpe militar, lo obligó a entrar en la clandestinidad y casi le cobra la vida. El segundo siempre lo ha salvado de ese sino trágico (el exterminio) bajo la forma de muchas mujeres agrupadas en esa Gudrum que las cobija a todas, con un útero único y protector que funciona como una coraza ante las adversidades del mundo.

Hay en Donoso una compleja dicotomía (aún por descubrir) donde se debaten las más profundas exploraciones de los abismos humanos y un sentido del humor jubiloso, diríamos casi cervantino que no lo deja tomarse demasiado en serio. Lo que si toma muy en serio es la literatura, pero no van con él esas poses de solemnidad y autocomplacencia tan caras a los escritores.

Lo cierto es que Donoso tiene el raro privilegio de combinar una obra original, de múltiples registros narrativos, con una vida tan imaginativa como su obra. Una vida que diríamos, tomando prestado el término de Carpentier, tan “maravillosa” como las ficciones que ha creado.

Así tenemos a Donoso Pareja, en esta nueva etapa de su vida, acumulando experiencias marítimas como suplente de contador, sobrecargo y mayordomo, cuando los titulares salían
de vacaciones. Un viaje a Nueva Orleans, otro a Europa. Uno a Cuba que marcaría para siempre al escritor, con su afecto a los isleños, sus banderas políticas y cambios dialécticos.
El viaje a Cuba se produjo en 1961, dos años después de la Revolución, cuando ganó una mención en el premio Casa de las Américas, con un libro que se llamaba Los invencibles.
Antes de Los invencibles había publicado La mutación del hombre, uno de los libros al que el escritor poco o nada menciona.

(Le pasa algo parecido, en el caso de la narrativa, cuando prefiere omitir El hombre que mataba a sus hijos, de 1968, por considerarlo una deuda política demasiado alta).
Y en medio de esas búsquedas iniciales, Donoso descubre que lo suyo no era la poesía, aunque insista en ella, ya en México, con la publicación de Primera Canción del exiliado,
editada en El corno emplumado por Margaret Randall, en una edición bilingüe, en inglés y castellano.

Cuando habla hoy de aquellos primeros libros suyos de poemas, lo hace con una mezcla de ternura y pudor, con modestia y un cierto, casi imperceptible desdén. “Esos libros míos los
recuerdo con cariño y olvido, las dos cosas. Es muy difícil hablar sobre eso. Lo único cierto es que por un error lamentable, los escritores piensan que lo más fácil es la poesía, y empiezan
escribiéndola. Tal vez porque es lo más íntimo, lo más personal, pero no hay cosa más difícil que la poesía, tan difícil que no hay malos poetas, hay poetas o no los hay. Yo me di cuenta de que no era poeta, por eso me dediqué a la prosa”. 

En medio de ese descubrimiento, le llegó una invitación de la Cuba revolucionaria, en un período de mucha efervescencia social y de luna de miel del Gobierno con los intelectuales latinoamericanos.

En un poema del cubano Ramón Fernández-Larrea, este aconseja: “Nunca llegues tarde a las revoluciones/habrán repartido los cariños/y tendrás que sentarte en la penosa larga fila/con el traje arrugado y una corbata”. A la cubana, Donoso llegó en el momento justo, cuando aún no se habían terminado de repartir los cariños y Cuba era vista como la gran esperanza para los pueblos de América.

Pero estábamos hablando de poesía. Y el mismo año que Donoso ganó su mención, Jorge Enrique Adoum ganó el primer premio en Cuba cuando todavía en Ecuador nadie jugaba a enfrentarlos, como los pesos pesados de la literatura nacional: el uno de la Costa y el otro de la Sierra. El uno con su identidad y esquizofrenia; el otro, con Ecuador y sus señas particulares.

Donoso viajó a La Habana en medio de una delegación extensa en la cual no había solamente intelectuales sino también obreros y campesinos. Iba con ellos -nunca se olvida, pese al tiempo transcurrido- un negro esmeraldeño de nombre Serapio Delgado.

Donoso compartió una habitación con Serapio y con el poeta Jorge Torres Castillo. Resultaba un espectáculo macondiano, por decir lo menos, cuando Donoso y Torres Castillo sentían a
Serapio, a las 4:00 a.m., abrir las ventanas del piso 16 del Habana Libre, con la vista espléndida, todavía en brumas, del corazón de La Rampa, en pleno Vedado. “Hacía un frío del carajo y nosotros le decíamos: ‘Serapio, cierre las ventanas que todavía es medianoche’. Y él respondía, ‘¿Cómo que medianoche? Ya es de día’”.

Serapio terminó marchándose, cansado de compartir su habitación con un par de poetas holgazanes. Se mudó con un dirigente de choferes, pero a los tres días regresó, como un perro
apaleado -su nueva convivencia deshecha-, buscando reconciliación con los poetas inútiles. El nuevo vecino había enfurecido con Serapio al descubrir que se lavaba los dientes con su cepillo, argumentando el negro que se lo dejaba el hotel para usarlo, una suerte de artículo de aseo comunitario, según su despreocupado parecer.

Tendría Miguel Donoso el privilegio de conocer a don Ezequiel Martínez Estrada, una de las mentes más lúcidas del pensamiento latinoamericano, que vivía en Cuba por ese entonces.
También a Alejo Carpentier, un escritor de fama mundial, quien dirigió una mesa redonda en la que participó. Y a José Baragaño, dentista de profesión, poeta surrealista de convicción.
Pero no pudo conocer a Roque Dalton, el poeta salvadoreño, quien nunca llegó a la mesa redonda a la que también estaba invitado. Tal vez por miedo a compartir espacios con tantos
escritores consagrados.

Pero el temor de Dalton fue la osadía de Donoso. Un trago en una cantina al que lo invitó un puertorriqueño amigo, no solo lo hizo disertar al lado de Carpentier, toda una temeridad, sino
lucirse en su intervención. “Fue muy buena porque en esos días estaba yo leyendo precisamente los planteamientos de Martínez Estrada, entonces pude intervenir de tú a tú con don Ezequiel. 

Por pura coincidencia, en cierto modo, fui la estrella de la mesa redonda”. En ese ambiente se dio un curioso desencuentro. Un jovencísimo Guillermo Cabrera Infante, entonces director del suplemento cultural Lunes de Revolución, quiso entrevistar a Donoso, pero este se había “empatado” (un término que los cubanos utilizan para el ligue amoroso) con una muchacha llamada Migdalia, hija de asturianos. A oídos cubanos resulta un nombre muy común, pero a Donoso le sonaba exótico, casi como Amígdala. Desde luego entre Migdalia y Cabrera Infante ganó la primera, para desgracia del futuro autor de Tres Tristes Tigres, la más ingeniosa novela cubana sobre la Cuba de los cincuenta. Y también de Donoso, que nunca pudo ostentar en su currículum haber sido entrevistado por el futuro premio Cervantes.

Aquel viaje a Cuba duró una semana. Donoso era tan pobre por aquellos años que tuvo que hacerlo en un grupo de 12, con pasaporte colectivo, y “para poder viajar de regreso teníamos
que obtener un cupo para 12, algo dificilísimo. Los cubanos nos tuvieron generosamente casi un mes en el Habana Libre, hasta que logramos el cupo. Teníamos un comedor especial para
nosotros, nos atendían de lo mejor y todas las noches llegaba Fidel Castro, a conversar, interrogarnos, tenía una sed de saber sobre nuestros países, era un interrogatorio sociológico, quería saber la situación de América Latina de primera mano. Y se quedaba de largo, era incansable el hombre, con razón le decían El Caballo”.

Finalmente consiguieron el cupo. Al regreso, Miguel Donoso retomó su trabajo en la Flota Grancolombiana. Ahí duró un par de años más, hasta el 63, y fue cuando empezó a impartir clases en el colegio Aguirre Abad, uno de los dos más tradicionales de Guayaquil.

Donoso cursó todos los años de la carrera de Derecho, en la Universidad de Guayaquil, pero jamás se graduó. Sus pinitos como abogado los hizo junto a quien él recuerda como un “hombre excepcional”, el abogado y escritor Ángel F. Rojas, a quien le tocó las puertas para que lo patrocinara. Cuando habló con él, Rojas lo citó para dentro de un mes diciéndole que le
tendría para ese entonces todo preparado. Volvió Donoso en la fecha acordada y se encontró con que el doctor Rojas le había alistado un estudio igual al suyo.

- Pero doctor, yo no puedo pagar esto -le dijo el muchacho. - No, si usted no va a pagar nada, yo lo pago todo un año y, cuando usted tenga clientela, se hace cargo -respondió Rojas.
No duró ni un año en ese trabajo. Apenas dos meses. El día a día de los llamados “juicios ejecutivos” no era para él. Le resultó “deprimente”. La cosa explotó con el caso de un cliente
(de apellido Brito) al que Donoso le llevaba un juicio para sacarlo de un departamento. Se acercaba la época de Navidad y el hombre apeló a su sensibilidad contándole la historia de un
hijo que se le había caído de la ventana, y estaba grave. Donoso fue a consultar a su mentor. El doctor Rojas, un hombre paciente, le aconsejó que tuviera cuidado, que en esos casos siempre había que comprobar. Y le dijo que cuando tuviera la certeza podría detener el juicio.
Era cierto, en el mismo hospital lo corroboró. Pararon el proceso. El señor Brito quedo agradecidísimo, pero el cliente enfureció.

- ¡A mí qué me importan los problemas de ese hijueputa! - le dijo. Yo quiero mi departamento, para eso lo contraté.

Donoso lo sacó a patadas del estudio jurídico. Perdió una promisoria carrera de abogado (no tenía corazón para ella) y devolvió las llaves del estudio. Ni licenciado, ni abogado, ni doctor en un país tan aquejado de "titulitis", como Ecuador. Por sus títulos los conoceréis. Tal vez sin saberlo del todo, empezaba a curtirse en su carrera de escritor. A partir de ahora, su caso sería distinto, "por mis libros me conoceréis", pareció decir. Solo escritor, en mayúsculas.

David Sosa Delgado, escritor y periodista cubano.


LA VIDA DE MIGUEL DONOSO EN “EL ENCANTO DEL ADIÓS”



“El encanto del adiós” es el título del tercer libro del escritor cubano David Sosa Delgado, quien está radicado en Ecuador desde hace casi cinco años.

La obra comprende partes importantes de la vida del escritor ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, desde cuando era niño con su entrono en el mar, cuando se fue exiliado desde Ecuador a México y su retorno al país donde formó varios talleres literarios.

David Sosa tiene a su haber formación periodística y es además editor de libros. Su quehacer profesional lo ha involucrado también con la radio y ha sido guionista de televisión. En los últimos años ha dedicado mayor tiempo al tema editorial.

Su permanencia en Ecuador, tal como lo afirma, efectivamente es una forma de exilio que se asemeja a la que vivió Miguel Donoso y que Sosa lleva de manera itinerante, sin perder de vista la cultura de su país a nivel literario, musical y cinematográfico. “Es una especie de exilio que vivo en un país que tiene ciudades en la costa, muy cercano a lo que viví en mi país, para que la nostalgia no sea tan fuerte”, subraya.

Su amistad con Miguel Donoso
Con 37 años Sosa es relativamente un escritor joven; sin embargo, esto no ha sido impedimento para que sea amigo y admirador de Miguel Donoso, quien actualmente tiene 81 años. 

La amistad entre ellos, según cuenta el mismo David, se formó antes de llegar a Ecuador. “Inclusive cuando vivía en La Habana el nombre de Miguel Donoso me era muy familiar, no solo porque es un escritor que estuvo vinculado con mi país al recibir varios premios literarios, sino que conocí a Miguel Donoso también a través de escritores amigos.

Fue llegando a Ecuador que conocí personalmente a Miguel Donoso, él vivía a pocas cuadras de donde yo trabajaba. Para mí Donoso ya era un personaje al que conocía porque había leído todos sus libros”, revela.

Sosa recordó además que a Miguel Donoso lo conoció en su casa y desde entonces mantiene una relación cordial que se ha estrechado a lo largo de los años. Ha sido tras esta amistad que un día quiso escribir algo diferente y nació “El encanto del adiós”, libro que refleja la vida de este escritor ecuatoriano, que hasta donde Sosa sabe no había tenido un acercamiento biográfico.

Este texto está siendo editado y publicará dentro de poco la Editorial Mar Abierto, de la Universidad Laica Eloy Alfaro de Manabí.

Cátedra, talleres y guiones de televisión
David Sosa se describe más “hablanero que habanero”. “Sencillamente porque hablo mucho, juego con las palabras, me gusta hablar, soy un gran conversador y la conversación es un arte que tiende a perderse, pero la oralidad es el arma para mantener vivo este recurso tan importante”, reflexiona.

David Sosa ha sido profesor en la Escuela Politécnica del Litoral (ESPOL) y en otras universidades, en estas instituciones se ha preocupado por impartir clases vinculadas con la palabra, unas relacionadas al periodismo y otras con la literatura. 

Fuera de ello da talleres de crónica, por ser el género más cercano a la literatura gracias al manejo del lenguaje, expresa.

Su currículo destaca también guiones de animación, que han sido filmados en su país natal. De esta faceta asegura que le encantaría incursionar en el cine y por ello es un tema pendiente que tiene para su realización profesional. 

Sosa se define un cinéfilo obsesivo, aunque sigue siendo periodista. Actualmente trabaja en Radio Tropicana, donde mantiene el programa “Las mañanas”, una emisión que analiza la actualidad política del país, pero donde también hacen entrevistas sin dejar de lado un espacio especial para la agenda cultural.

Otros escritos
Otros títulos publicados por David Sosa  han sido “Iguanas en bicicleta”, donde el nombre del animal emblemático de Guayaquil va acompañado de un título metafórico. Esta obra contempla crónicas periodísticas, contiene además salidas al golfo, perfiles de personajes, crónicas urbanas de protagonistas típicos y otros. Fue publicado en noviembre pasado con el Fondo de la Biblioteca Municipal de Guayaquil.

Otro libro publicado por Sosa es  “En nombre de la risa”, donde se plasman pequeños cuentos de tipo satírico y desde ya prepara otro sobre relatos más largos de La Habana de fines de los 90.

Antes de la docencia en Ecuador este escritor cubano se involucró directamente a trabajar con medios de Guayaquil, situación que le permitió conocer casi todo el país gracias a su oficio. A la academia se vinculó después, algo que ha hecho en los países de Latinoamérica que ha conocido y a partir de ahí dio talleres de crónica, de reportaje, de todo un poco hasta desembocar ahora en talleres de postgrado.
David Sosa Delgado, de 37 años, visitó las oficinas del Departamento de Edición y Publicación Universitaria y su Editorial Mar Abierto.

Para David Sosa hablar del mar de Manta es como el cordón umbilical que lo mantiene unido con su ciudad natal La Habana y además por los nexos que existen entre dos personajes importantes de Ecuador y Cuba, como son Eloy Alfaro y José Martí, respectivamente. “Me estimula mucho que mi libro El encanto del adiós salga desde la editorial Mar Abierto, editorial que hace un trabajo importante en la academia y fuera de ella”, sentencia.

Su postura con respecto a la falta de periodistas culturales
En otro orden de cosas David Sosa cree que en Ecuador hay que formar periodistas culturales. Los medios de comunicación de Ecuador tienen periodistas de farándula y no culturales. Para mi opinión el periodista cultural es el más especializado en la profesión de comunicador, acotó.